He aprendido, en el dolor de cada día, que es la escuela de los sencillos. Conozco la crudeza de esperar. Se de la angustia de ver pospuesta una aspiración; y la certidumbre de poder abracar ahora todo aquello que veía remoto e inaccesible, me hace ser modesta ante las cosas. Como mujer, siento en el alma la cálida ternura del pueblo de donde vine y a quién me debo. Lo inerte, se ha resuelto en esta forma, en lo vital, en lo humano, en la resolución de miles de pequeños problemas que angustian a miles de hermanos.
El drama diario es mi propio drama, puesto que lo comparto con todos. La alegría cotidiana o el problema son, asi mismo míos, de la compañera Evita, de una mujer de sensibilidad sin resonancia, ubicada allí donde los vaivenes de la suerte del pueblo la reclaman.

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