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| 17 de octubre de 1946 en Plaza de Mayo |
Discurso del presidente de la Nación, Juan Domingo Perón, en la noche del 17 de octubre de 1946 con motivo del primer aniversario del "Día de la Lealtad"
Mis queridos descamisados:
Hace un año, en esta misma histórica Plaza de Mayo, saludaban
los humildes mi liberación, después de la huida de los traidores. Por eso, el
17 de Octubre será para todos los tiempos el «Día de los Descamisados», el día
de los que tienen hambre y sed de justicia.
El 17 de Octubre será para todos los tiempos la epopeya de
los humildes: día de la ciudadanía y del pueblo argentino, no de una parte del
pueblo ni de agrupaciones determinadas, sino de todo el pueblo auténticamente
criollo. Y como buenos criollos, comencemos por perdonar a los que nos han
traicionado, a los que han traicionado a nuestra causa. Pero al perdonar a los
que han traicionado nuestro Movimiento, a los pobres de espíritu que no
supieron defender dignamente su causa, y a los malvados, hagamos la solemne
promesa, en esta histórica Plaza de Mayo de las grandes decisiones populares,
de trabajar por la felicidad del pueblo y por la grandeza futura de la patria.
Y así como he de preguntarles todos los 17 de Octubre, en
este mismo lugar, les pregunto hoy por
primera vez si he trabajado por el pueblo en estos cuatro meses.
Quiero preguntarles también si he defraudado las esperanzas
que ustedes pusieron en mí. Y, finalmente, si en este 17 de Octubre sigo siendo
para ustedes el mismo coronel Perón de otros tiempos.
- Los trabajadores responden: ¡¡¡¡ SI !!!!
Como este gobierno es de los «descamisados», he de hacerles
todos los años estas preguntas, porque no deseo ocupar el poder un segundo más
después de haber perdido la confianza
del pueblo.
Como gobierno emanado de la voluntad popular, que siente las
inquietudes, las alegrías y el dolor de la masa sufriente, quiero decirles en
pocas palabras que, en lo social, en lo político y en lo económico estamos
realizando una obra cuya responsabilidad asumimos plenamente y que tiende a que
en el futuro los bienes, la felicidad y la riqueza de esta hermosa tierra
Argentina no pertenezcan a un grupo de privilegiados sino a los 14 millones de
habitantes.
Sé que nuestros detractores han de decir mañana que éste no
es el pueblo, y aunque ellos, por intermedio de sus órganos «serios», digan y
afirmen que esta reunión estaba compuesta por grupos de «muchachones
descamisados», nosotros sabemos bien que el único pueblo auténtico de la Nación
es el que está aquí presente esta noche.
No he de hablarles de nuestra obra social, porque ustedes
saben tan bien como yo lo que hemos ganado en estos dos años y medio, y saben
mejor que nadie que se ha elevado la
cultura social del país para los empleados y los empleadores, y que se ha
dignificado al trabajo y al trabajador, al mismo tiempo que se ha humanizado el
capital.
Me preguntan dónde estuve el 17, y frente a esa insistencia
he de decirles la verdad: estuve preso, en Martín García. Todavía no he tenido
tiempo de preocuparme de averiguar quien fue el culpable, porque en lugar de
detenerme a pensar en el pasado he preferido mirar hacia el porvenir y realizar
siempre una obra en provecho de mis queridos «descamisados». Pero quiero
decirles que los días que estuve preso, no los perdí para la causa del pueblo.
Los empleé para meditar profundamente sobre lo que debía hacer luego en bien de
mis «descamisados».
Afortunadamente, hoy podemos dar gracias a Dios por habernos
permitido vencer en nuestra lucha y ello nos llena de satisfacción al
contemplar a esa multitud, a la cual yo guardaré gratitud por todos los días de
mi vida.
En este venturoso 17 de octubre, a un año de la victoria del
pueblo contra el engaño y la mentira, a un año de nuestra batalla vencida,
echemos una mirada retrospectiva y pensemos si cada día, si cada minuto, hemos
hecho algo por defender esta nuestra sagrada causa del pueblo. Si podemos
contestarnos afirmativamente, festeje el pueblo alborozado su propio éxito,
reflejando en su corazón la causa de sus hermanos de trabajo y de sacrificio;
festeje el pueblo esta epopeya del Descamisado. Pero, al mismo tiempo, esté
alerta y vigilante, porque hoy tiene en las manos su destino y debe luchar para
que se le vaya de ellas.
¡Que cada «descamisado» sea un centinela alerta de su misión
en la sociedad argentina y vigile la sagrada causa de todos! Yo, como Primer
Descamisado, desde aquí permaneceré vigilante y he de estar atento por si
alguna vez debo llamar a reunión a nuestros «descamisados»
en esta Plaza de Mayo.
Yo quiero decirle al pueblo argentino que no deseo
gobernarlo con otro vínculo, entre él y yo, como no sea el de la unión que nace de nuestros corazones. Yo
no quiero mandar sobre los hombres sino sobre sus corazones, porque el mío late
al unísono con el de cada «descamisado», al que interpreto y amo por sobre
todas las cosas.
Por eso, por ese profundo amor que siento por
«descamisados», quiero hoy pedirles que me acompañen en una idea que voy a
lanzar en este primer aniversario: la de que levantemos en esta Plaza de Mayo
un monumento al descamisado.
Este monumento marcará la iniciación de la primera etapa en
que el pueblo, por primera vez en la historia patria, tomó en sus manos los
destinos de la Nación.
Ese «descamisado», que fue carne de cañón en la
independencia, que fue el gaucho de las cuchillas y de las chuzas en la
organización nacional, el mismo que después levantó estos edificios, hizo
grande a la Patria y la llevará a sus grandes destinos, no tiene todavía un
monumento que lo perpetúe. Es una deuda que la sociedad Argentina debe pagar al
hombre humilde, al hombre que todo lo hizo y nada reclamó para sí. En ese
monumento al descamisado habrá mucho del espíritu y de la forma de cada uno de
los que han muerto ignorados, luego de haber labrado la grandeza de la Patria.
Cuando, en los días de vigilia, el pueblo quiera
reconciliarse consigo mismo irá al monumento del descamisado a pedirle la
inspiración que tuvo en los días de grandeza y ventura para la Nación. Y
pidamos a Dios que mientras haya un «descamisado» en esta tierra, los destinos
de la Nación surjan de la inspiración del hombre del pueblo, que nada ambiciona
para sí sino para la Patria y para sus hermanos.
Ahora, como en los grandes días de nuestra epopeya, quiero
estrecharlos en un abrazo de hermano a cada uno de los que llenan esta inmensa
plaza, abrazo en el que sintetizo todo el cariño de mi corazón para el pueblo,
al que he de ser fiel hasta el último instante de mi vida.
Nadie podrá hablarnos de grandeza después de haber visto
esta multitud inacabable de hombres que sienten y que piensan animados por el
fuego divino del deseo de llevar a su Patria adelante contra la oposición de
todos los tiempos.
Finalmente, quiero anunciarles que, así como el 17 de
octubre pasado, sin ser más que un «descamisado», decreté feriado el 18 de
Octubre, quiero que esta noche la disfrute el pueblo en sus fiestas inocentes y
como presidente de la República les pido que escuchen en silencio el decreto
que ha de leerse, que quedará para todos los tiempos señalado como una costumbre.
- Se lee el Decreto
Y ahora, para terminar con este digno acontecimiento, les
pido a todos que vayan dispersándose en orden y lentamente. Como soy un hombre
del pueblo y quiero ir al baile popular, he de encontrarme en la Plaza de la
República para bailar con ustedes.

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